Así sucede el amor

Con Grisell nos conocimos en Montreal. Ella es mexicana y yo, argentina (aunque por ciertas casualidades de la vida, nací en Toronto). Antes de que pasaran 3 meses de nuestro perfecto (y esperado) encuentro de amor, ella me anunció que quería ser mamá, que quería que fuéramos mamás. A mí, una chica casi a la antigua, me costó horrores pensar en salir (realmente) del clóset y, encima, en tener una familia. Todo me resultaba imposible, ficcional. La idea de la maternidad- como tantas otras cuestiones relacionadas con mi amor por Grisell- comenzó a replegarse como si fuera un nido que crece, pero que se va para adentro, muy, muy pero muy para adentro. El miedo me invadía poco a poco y, a pesar de que nuestra vida seguía por otros rumbos –que parecían distintos a ser madres, pero que ahora lo veo tan, tan cerca de la maternidad- Grisell nunca dejaba atrás sus ganas de compartir conmigo a nuestro futuro hijo o hija. Mi evasión era atroz. Subterránea, pero al fin y al cabo, visible. Los años pasaron y ella me dijo que quería embarazarse. Y el pánico me pobló…

En los miles de años y tiempos del mundo, nunca imaginé que mis hijos llegarían a mí sin tener yo una decisión del todo clara. Sin embargo, mi deseo era más enorme que mi cuerpo, que mi energía, que mis límites. Así pasa y sucede el amor. En enero de 2014, supe que íbamos a ser madres, que yo iba a ser madre. Y el mundo se abrió delante de mí como una estrella, como una naranja, como el mar. Ya todo había sido acomodado, acoplado. Paradójicamente, todo lo que me preocupaba (qué tan buena madre sería, cómo haríamos con lo económico, qué sería de nosotros), todo eso y más desapareció. La construcción de los lazos humanos (y no tanto) contiene tantas fuerzas, que imaginarlas, es imposible. Más o menos al mes de la inseminación, supimos que eran dos. Y a los meses, que eran Darío y Esteban. El embarazo fue complicado, pero ellos estaban ahí adentro guiándonos y nosotras, esperándolos, ya con otros colores en la piel, en las manos, en el tiempo.

(…).

A los bebés les encanta que les cante. Y con ellos, me vuelvo más suave, más orgánica, más cuidadosa, más amable, más perfecta. La gente se sorprende de que sean dos, de tanto trabajo, de cómo lo logramos. La verdad, ellos nos ayudan un montón; la clave es saber escucharlos, sentirlos, abrazarlos. Descubrirnos juntos, haber abrigado un equipo de 4 (+ 2 con Cosme y Roscas, los habitantes peludos), tiene un solo origen: aquella vez, hace ya casi 7 años, cuando Grisell me eligió para cuidarme. Ahora, todo lo que venga está lleno de nosotros 6 transcurriendo. Igual que lo hace el universo entero, nuestra casa y, por supuesto, el mar.

Analhi Aguirre

Darío y Esteban

 

Author: Staff

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1 Comment

  1. Guaaa!!! Que grosa q sos pulga, me dejaste con un nudo en la garganta… Te mereces ser feliz la vida te dio la posibilidad nadie dice q es fácil pero ellos lo simplifican.. Te quiero a la distancia pero siempre presente

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