La paternidad no es como la pintan

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Hace unos días en twitter destacó el hashtag #ropasucia con el que se denunciaba el acoso y la discriminación a las mujeres. No es exactamente sobre lo que quiero escribir hoy pero me hizo reflexionar de por qué se nos da con una facilidad terrible ser machistas y de qué manera afecta a la paternidad. Dentro de las denuncias se hacían notar los infinitos «clubs de toby» (grupos exclusivos de hombres donde no es requisito, pero parece, ser hombre para ser distinguido) en premios literarios y reconocimientos en general. Platicando con un amigo que es 10 años más joven que yo me dijo: es un problema que mi generación empieza a desconocer. No sé si sea cierto pero por lo menos la revista en la que él colabora la cantidad de hombres y mujeres que trabajan es similar.

 

Supongo que no es el caso de todos pero muchos fuimos educados para tener una familia. «Estudia para que puedas mantener una familia» era la sentencia. ¿Qué significa tener una familia? ¿Casarse? ¿Tener hijos? Cuando empecé a vivir con mi chava ella no quiso casarse, no quería tener hijos y en su trabajo ella ganaba como tres veces más que yo. En aquel tiempo no pensé mucho en esos detalles ya que mi postura era demasiado simple: me gusta estar con ella y listo. Si ella quería que saliéramos o regalarme algo demasiado costoso era su decisión, yo no me sentía menos al regalarle un libro, por ejemplo, porque a ella le gusta leer y con cien o doscientos pesos puedes regalar un objeto que puede ser entrañable. Nunca fue importante quién ganara más, al menos para mí. Vivir en pareja no era complicado (claro que teníamos broncas y rachas, como todos, y a veces a punto del truene) pero disfrutábamos estar juntos y también estar solos.

 

Cuando me enteré de mi futura paternidad no me alarmó la situación económica ni el hecho de vivir en un departamento demasiado pequeño. Tal vez me preocuparon más temas como la «cuarentena» al grado que yo trataba con demasiada ingenuidad el tema. ¡Cuarenta días! ¡Nooooooooooooo! Nunca me gusta ser pesimista así que yo sabía que tendríamos dinero y salud pero la cuarentena me caía de golpe. No puedo decir que nuestra relación se basara solo en el sexo pero sí en el placer. Leer, correr, escuchar música, caminar sin rumbo ¡ah! y soy adicto a salir a cafeterías y tomar café con mis amigas (tengo más amigas que amigos) y a estar solo un rato al día. No éramos de mucha fiesta pero seguido andábamos con los amigos recorriendo cantinas o casas donde nos han tratado como reyes. Una amiga, cuando su primera hija iba a nacer, hizo una fiesta de «despedida» a los hábitos de las parejas sin hijos. Nosotros no hicimos gran cosa, tratamos de seguir con nuestra rutina. Aunque yo pensaba ir a la sala de espera con un güisqui en mi anforita, y resultó que fui invitado de honor durante el parto (asunto del que aún me asombro), nuestra rutina no cambió profundamente. Ambos nos hacíamos cargo del quehacer en casa y de pronto hacerlo casi solo no tuvo mayor dificultad. A veces uno siente que lo traen de esclavo «oye esto, oye lo otro, agua, oye esto, oye lo otro, agua» pero de pronto uno observa la dedicación con la que alimenta y cuida a nuestro bebé que no llego ni a la mitad de lo que ella hace durante el día. Y eso lo reconozco pero también es duro estar cansado y que no tengas derecho a estarlo porque la mamá sí está agotada.

 

La paternidad, como tal, no me obliga a demostrar nada a nadie. Si uno es buen o mal padre quien sabe (en literatura se dice que el «Yo» es un mito) y la incertidumbre sobre el futuro es solo una angustia innecesaria. La parte más terrible de la paternidad, sin flagelarme, es que nuestros hijos son idénticos a nosotros y ay, a ratos eso es tristísimo. ¿Cómo le hago para que mi hija no tenga mis defectos? No me creo la peor persona del mundo pero no es necesaria otra persona como yo, supongo. Entonces me acordé que mi padre me decía «échale ganas para que no seas como yo» justo cuando solo quería ser como él (que conste que no lo juzgo, si me lee desde acá le mando besos). De ahí que supuse que tendría que predicar con el ejemplo. Ser yo para que mi hija sea ella. Corregir algunos detalles como la alimentación o los hábitos no es negarme a mí mismo sino regresar a ese niño que fui: deportista, bien comido y bien dormido (entre comillas lo de bien dormido) que si yo quiero que mi hija disfrute la vida no me queda más que aprender a hacerlo.

 

Author: Ovidio Rios

Soy papá desde febrero de 2014. Aprendiz, pues. Tengo la dicha de vivir esta experiencia al lado de Bere y rodeado de familia y amigos que nos ayudan todo el tiempo. Mi correo es ovidiorios@gmail.com y tengo una editorial acá http://www.faeditorial.com/

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